Para muchos gatos, ir al veterinario es una de las experiencias más estresantes que pueden vivir: los sacan de su territorio, los meten en una caja, viajan en coche y llegan a un lugar lleno de olores desconocidos. No es de extrañar que se escondan, maúllen o incluso se pongan agresivos. La buena noticia es que con un poco de preparación la visita puede ser mucho más tranquila, tanto para él como para ti.

El primer paso es el transportín. Si solo aparece el día de la visita, tu gato lo asociará siempre con algo malo. Déjalo abierto en casa unas semanas antes, en un rincón que le guste, con una manta que huela a él y algún premio en su interior. Cuando lo vea como un lugar más donde descansar, entrar el día de la cita será mucho más fácil. Los transportines rígidos que se abren por arriba son los más cómodos, porque permiten sacar al gato sin tener que tirar de él.

El día de la visita, rocía el transportín con feromonas felinas unos quince minutos antes de salir y cúbrelo con una toalla durante el trayecto para que se sienta protegido. Conduce con suavidad, evita la música alta y háblale con calma. Si tu gato suele marearse o se pone muy nervioso, consúltanos antes: existen opciones que pueden ayudarle y que conviene valorar con tiempo.

Por último, elige una clínica pensada para gatos. Una sala de espera sin perros, una manipulación pausada y un equipo acostumbrado a leer el lenguaje felino marcan la diferencia. En nuestra clínica te recibimos sin prisas, dejamos que tu gato salga del transportín a su ritmo y adaptamos la exploración a cómo se siente. Así, cada visita será un poco más fácil que la anterior.