El bombay nació en los años cincuenta en Estados Unidos, cuando una criadora de Kentucky se propuso crear un gato que pareciera una pantera en miniatura. Para conseguirlo cruzó burmeses con americanos de pelo corto negros. El resultado es un gato de tamaño medio, musculoso y sorprendentemente pesado para su tamaño, con un pelo corto negro azabache, brillante como el charol, y unos llamativos ojos de color cobre o dorado.
Pese a su aspecto de felino salvaje, el bombay es uno de los gatos más cariñosos y sociables que existen. Suele seguir a sus tutores por toda la casa, busca el contacto, le encanta el calor (no es raro encontrarlo bajo las mantas) y se lleva bien con niños y con otros animales. Es inteligente y juguetón, y muchos aprenden a buscar objetos o a pasear con arnés. A cambio, tolera mal la soledad: no es la mejor opción para hogares donde pasará muchas horas solo.
Su pelo necesita muy poco mantenimiento: basta un cepillado semanal o una pasada con un guante de goma para mantenerlo brillante. Lo que sí hay que vigilar es su apetito, porque tiende a comer con ganas y engorda con facilidad, así que conviene controlar las raciones y fomentar el juego activo. Como otras razas con ascendencia burmesa, puede tener predisposición a la miocardiopatía hipertrófica, una enfermedad del corazón, por lo que recomendamos revisiones cardiológicas periódicas.